
(Texto de la conferencia de ALEA Hobart, mayo de 2001)
Una idea original es como el pecado original: las dos cosas les pasaron antes de que tú nacieras a gente a la que posiblemente no habrías podido conocer.
Fran Liebowitz
¡Libros! ¡Cháchara embotellada! Cosas que algún otro simio ya ha dicho antes.
Clarence Day
Paul Klee dijo una vez que un artista es como un árbol: obtiene los minerales de la experiencia a través de sus raíces, de lo que ha observado, leído, contado y sentido, y poco a poco los procesa para formar hojas nuevas. El paleontólogo Stephen Jay Gould observó que los grandes descubrimientos no se encuentran en un acantilado de pizarra del que acaba de desprenderse un trozo de roca, sino en las colecciones de viejos museos, mediante la reconsideración de las relaciones entre los objetos que ya se han archivado en nuestro conocimiento.
Como artista y como autor me identifico con el principio según el cual la «originalidad» tiene que ver más con una especie de transformación de las ideas existentes que con la invención de ideas nuevas. Utilizo con cautela palabras como «inspiración» o «creatividad» si no tengo la ocasión de desmitificarlas primero. Puede que transmitan fácilmente la percepción falsa de que las ideas o los sentimientos aparecen de forma espontánea y por sí solas. La palabra «creación», concretamente, es un término que se introdujo originalmente en nuestro idioma con connotaciones divinas. Mi experiencia al respecto es que tiene que ver más con la investigación meticulosa y con la búsqueda de nuevos retos. Y que la creatividad consiste en jugar con las cosas que encuentro, en contrastar ideas y en observar de qué modo se combinan y reaccionan.
Mis álbumes ilustrados anteriores se han descrito como «muy imaginativos», «sorprendentemente originales» e incluso «mágicos». No obstante, no hay ningún misterio en mi forma de hacerlos. Cada obra contiene varios miles de ingredientes, experimentos, descubrimientos y decisiones de transformación, todo ello ejecutado durante varios meses, comprimido en un espacio muy pequeño, treinta y dos páginas de palabras e imágenes. Todo se explica en función del proceso, las influencias, la elaboración del desarrollo y la reducción. Lo que es original no son las ideas en sí, sino la manera de enlazarlas. El hecho de que reconozcamos cualquier cosa podría indicar precisamente ese concepto: una idea realmente original probablemente parecería extraña, hasta el punto de resultar un artificio ajeno, ilegible e impenetrable. A menudo, las ideas más interesantes son las que nos cuentan cosas que ya sabemos pero que aún no hemos articulado mentalmente. O, para ser más precisos, nos animan a mirar lo que ya conocemos pero con otros ojos, como si intentaran recordarnos su verdadero significado: cómo vivimos, las cosas que encontramos, nuestra manera de pensar, etcétera. Cuando observo mi propia obra como ilustrador soy capaz de analizar hasta qué punto tiene que ver con la combinación de varias ideas a partir de diferentes fuentes para producir resultados inesperados, un poco como si golpearas diferentes piedras entre ellas para obtener una chispa y, poco a poco, llegaras a obtener fuego.
Los conejos es un buen ejemplo de ello, y quizás también mi libro más difundido y analizado. Por un lado es una historia que todos deberíamos conocer como narración histórica, la invasión europea de Australia y las injusticias que se perpetraron a raíz de ello contra la población indígena. De un modo más universal, es la historia de una colonización cualquiera, trata sobre el poder, la ignorancia y la destrucción del medio ambiente. También es una fábula animal, seria y sombría, una estrategia en forma de relato que todos podemos reconocer. Uno podría pensar que sus precedentes son La colina de Watership de Richard Adams, o Rebelión en la granja de George Orwell, por ejemplo, pero aun así hay una combinación inesperada de elementos inéditos, bastante extraños y «originales».
Cuando recibí el texto de John Marsden para ese libro a través de mi editor, experimenté la misma sensación que suele acompañarme al principio de cualquier proyecto: ¡no sabía qué hacer! Por sí mismo, ese fax con media página de texto no me generó ninguna idea visual. Nada que me pareciera lo suficientemente interesante, como mínimo (la imagen de los conejos de Beatrix Potter con capas rojas, mosquetes y banderas británicas no funcionaría, eso es lo único que sabía). Finalmente me di cuenta de que lo que tenía que hacer era prolongar aún más la lógica metafórica del texto e introducir más ideas inesperadas para construir mi propia historia paralela. No se trataba de ilustrar simplemente el texto, sino de reaccionar simbióticamente a él.
Eso implicó una amplia investigación, un estudio omnívoro de cualquier cosa, desde los canguros arborícolas del zoológico de Perth (pasé un día entero dibujándolos) hasta viejas fotografías victorianas de obras públicas en construcción, dibujos coloniales de la galería estatal, libros sobre muebles antiguos, arquitectura industrial o surrealismo. También repasé algunos de los viejos dibujos de ciencia ficción que había olvidado en el fondo de una carpeta. Resultó que un par de ellos parecían siluetas del siglo XVIII en extraños desiertos de las Antípodas y acabé por desarrollar varias ideas a partir de estos dibujos que me sirvieron para Los conejos.
Desde el punto de vista estilístico, el libro bebe consciente e inconscientemente de varias fuentes: los frisos del Antiguo Egipto, películas como Brazil y Yellow Submarine, la obra de otros ilustradores como Ralph Steadman, Milton Glaser, Gerald Scarfe y ciertos paisajistas australianos: Arthur Streeton, Fred Williams y Brett Whiteley. La lista no acaba aquí. Más adelante dejé que me influyera cualquier cosa que pudiera parecerme interesante, ya fuera un cuadro colgado en una galería o la forma en la que habían dispuesto las tuberías de agua en la pared trasera de mi supermercado habitual. Mi estilo personal a la hora de dibujar, pintar y pensar visualmente surge de cosas como ésas y, cómo no, de muchas otras experiencias. Aparte de las fuentes visuales, muchas ideas para las ilustraciones surgieron de la lectura de textos históricos. En casi cualquier imagen podría haber puesto un pie de foto con alguna referencia a The Other Side of the Frontier, de Henry Reynold, mi libro de referencia más preciado. Recogía las impresiones de los aborígenes ante la llegada de los barcos europeos, así como de sus animales, costumbres y tecnología; la inmensa distancia cultural entre los visitantes y los indígenas, los patrones de violencia creciente: todo ello demostraba ser indispensable para la creación de un universo imaginado equivalente poblado por máquinas y animales extraños.
A menudo pienso en diferentes cosas que he leído, o en palabras concretas, mientras dibujo y pinto lo que mejor expresa la poesía propia del color, la línea y la forma que busco. Un pasaje de Remembering Babylon, de David Malouf que había estado leyendo justo antes de trabajar en Los conejos, me sugirió una manera de ilustrar una escena en concreto con un paisaje reluciente y lírico: «…lleno de vida y de luz; algunas partes relucían incluso en las partes más oscuras… y todo crujía, crepitaba, aumentaba y estallaba, todo crecía. » La ilustración es a su vez brillante, llena de amarillos, fluye entre formas ocultas y tensiones orgánicas.
También había acabado mi tesis doctoral de arte dos años antes, y trataba precisamente sobre la manera cómo las culturas industrializadas suelen ver el mundo natural a través de ciertos ingenios tecnológicos, ya sean fotografías, documentales sobre fauna y flora, telecomunicaciones, parques temáticos o imágenes generadas por ordenador. Como resultado, muchas de las imágenes de Los conejos tienden a tratar esa manera de ver el mundo natural a través de diversos artilugios ratifícales que nos ofrecen un nuevo encuadre. Lentes, telescopios, mapas y cuadros ofrecen una percepción muy transformada de un país extraño para conseguir que encaje en ciertas expectativas culturales. El hecho de que los conejos no puedan ver más allá de sus propias ideas preconcebidas e ideales fallidos es un tema de máxima importancia que surge de esos impulsos visuales.
La ilustración utilizada para la portada de Los conejos es un ejemplo especialmente representativo de lo que supone desarrollar una imaginería a partir de varias fuentes de referencia. Está basada en un cuadro del siglo XIX sobre la primera vez que el capitán Cook llegó a Botany Bay, a partir de una reproducción en color que encontré en una vieja enciclopedia. La disposición de las figuras desembarcando de izquierda a derecha se veía reflejada por las figuras de los conejos, con un vestuario parecido, una bandera y un arma. En el cuadro original había dos aborígenes sobre una duna distante que sustituí por dos marsupiales. Recurro a una luz y una atmósfera parecidas, aunque algo exageradas, y el uso del óleo sobre lienzo con finas veladuras amarillentas emula la técnica utilizada en los cuadros de ese período.
E. Phillips Fox. (1900) pintura de James Cook en su llegada a Botany Bay, National Gallery de Victoria
«Llegaron en barco» de Los conejos, 1998
Casi podría leerse como una parodia satírica, aunque realmente no era ésa mi intención. El hecho de que la fuente sea reconocible es irrelevante: lo que importa es la resonancia. Más que aludir a ella, lo que hago es tomarla prestada para evocar así una manera de enmarcar los momentos de relevancia histórica más propia de la Europa del siglo diecinueve, en la que los personajes clave son actores que se mueven por el mundo como si éste fuera un escenario con una composición sobrenatural, monumental y mítica. El cuadro de origen de E. Phillips Fox está lleno de una ideología familiar que trata del progreso y del destino, sobre plantar banderas y la llegada de la narrativa histórica legítima.
Ésas son ideas que estamos invitados a leer de una forma menos reconocible y como un desafío mayor en mi ilustración. El barco se erige como si se tratara de un rascacielos o un cuchillo, rodeado de sombras y formas puntiagudas que parecen escalpelos: los pies, los cuellos y las armas; la iluminación es más dramática que nunca. Quise introducir un elemento casi onírico, surrealista, ambiguo en tanto que mezcla de intimidación y temor; exagerada, aunque sin llegar a ser caricaturesca ni didáctica. Pero por encima de todo quise crear una imagen que fuera enigmática y que diera pie a reflexión. Le corresponde al lector la tarea de acabar de extraer su significado.
Igual que Los conejos, La cosa perdida es un libro bastante extraño, pero su éxito entre los lectores se debe sobre todo a una premisa familiar, un chico que encuentra un animal perdido en la playa local y decide llevárselo a casa. Por sí mismo, no es muy original, excepto por el hecho de que eso es sólo el punto de partida, un poco como la historia de la colonización en Los conejos. Al fin y al cabo, el animal perdido no es un perro callejero sino una criatura con tentáculos desarrollada a partir de dibujos de cangrejos y de viejas estufas de hierro colado, entre otras cosas. Además, el escenario en el que tiene lugar la historia surge más de mi investigación visual sobre arquitectura industrial, incluyendo una central eléctrica abandonada de East Perth y los paisajes urbanos de artistas como Edward Hopper, John Brack y Jeffrey Smart, más que del típico barrio residencial (aunque empezó como un barrio residencial cualquiera).
Se combinan muchos más elementos basados en referencias varias: ideas que surgen cuando hojeas un ejemplar de Mecánica popular de 1930, algunos libros de texto viejos de física y cálculo de mi padre que utilicé para el collage de las ilustraciones finales, fotografías de formaciones nubosas y de tranvías de Melbourne. También pegué en un armario de la cocina una reproducción de El jardín de las delicias, ese extraño cuadro del artista medieval Hieronymus Bosch, junto a una fotografía de las tuberías de admisión de un barco de Charles Sheeler, un pintor modernista americano. Todos esos elementos se unen para producir una narrativa visual simple y accesible, pero también compleja e irreductiblemente enigmática, incluso para mí: no habría funcionado si hubiese llegado a entenderla lo suficiente.
Para mí, la creatividad es eso: jugar con objetos encontrados, reconstruir cosas que ya existen, transformar ideas o historias que ya conozco. No consiste en colonizar un territorio nuevo, sino de explorar el interior, de examinar lo que asumimos, de entrecerrar los ojos ante el archivo de la experiencia desde nuevos ángulos a la espera de algún tipo de revelación. Lo que realmente importa es si como lectores seguimos pensando en las cosas que hemos visto y leído después de pasar la última página.
