Además de adaptaciones de mis libros para el teatro y el cine, también he participado en otros proyectos como artista visual por cuenta propia. Todos estos proyectos han supuesto verdaderos retos y han comportado problemas, cada uno a su manera, ya fuera por cuestiones de escala, de público y de logística. Siempre lo he afrontado teniendo en cuenta que «aprendo trabajando», por lo que siempre me gusta aprender cosas nuevas.
Semana del Libro Infantil: Ponle combustible a tu mente
Agosto de 2008
El Consejo del Libro Infantil de Australia se puso en contacto conmigo en 2007 para que contribuyera con una ilustración para el cartel de la Semana del Libro de 2008 y la comercialización de productos relacionados, con el tema «ponle combustible a tu mente» como única restricción. Yo acababa de volver de un viaje a Ciudad de México y estaba muy impresionado por la fusión de motivos aztecas y precolombinos, así como por la cultura artística tradicional contemporánea (desde los murales a las piñatas).
También me gustó la idea de la lectura como combustible para la mente, tanto desde el punto de vista metafórico como literal, e imaginé una especie de criatura azteca antigua que cobraba vida y tomaba fuerza gracias al acto de la lectura: por eso creé una forma de transporte respetuosa con el medio ambiente, con el aliciente de una mayor literalidad. También me encontraba en medio de la producción de mi libro Cuentos de la periferia, y lo veía como un tipo de historia visual relacionada, de ahí la calle con aspecto de barrio residencial.
Varias piezas de merchandising bien producido (pósters, bolsas para libros, banderines, insignias, etc.) que se vendieron sobre todo a escuelas y bibliotecas, están disponibles gracias al CBCA, así como más información sobre la Semana del Libro que tiene lugar a finales de agosto.
Orquesta de cámara de Australia: El árbol rojo
Julio de 2008
A finales de 2007, la Orquesta de Cámara de Australia, bajo la dirección de Richard Toignetti, propuso un proyecto que incluía al compositor Michael Yezerski (quizás más conocido por sus bandas sonoras de películas como The Black Balloon), a la OCA y a un coro infantil dirigido por Lyn Williams, Gondwana Voices. El concepto consistía en interpretar música mientras se proyectaban imágenes previamente escaneadas minuciosamente a partir de las pinturas originales de El árbol rojo en una gran pantalla.
La producción estrenó en julio en Canberra, Melbourne, Sydney y Brisbane, y también incluyó una actuación del cuarteto de cuerda de Shostakovich nº15 con arreglos de Richard Tognetti, junto a imágenes seleccionadas de Emigrantes. La música y las imágenes «conversaron» para crear una reflexión sombría sobre el exilio y los conflictos.
No me impliqué personalmente en el proyecto, aparte de mantener una reunión inicial con los directores artísticos. Siempre me he mostrado muy abierto a las adaptaciones de mis obras en otros medios, y confío en la visión de mis colaboradores. Esto es así en parte porque tiendo a ver mis imágenes como elementos abiertos e «inconclusos», y El árbol rojo permite especialmente una interpretación amplia. La producción de la OCA reconoce en sí misma esa condición a la hora de compartir imágenes y música, e incluso donde las palabras formaban parte de la actuación de las Gondwana Voices, siguen siendo esencialmente abstractas, como pinceladas o notas musicales. Cada elemento da más relevancia al resto sin llegar a desvelar el misterio principal que convierte esta experiencia tan interesante. Para mí, la música fue una revelación extraña: llena de inventiva y de inspiración, familiar y extraña, y altamente compleja.
Me fascinó especialmente la aportación de la composición de Michael Yezersky, que hasta cierto punto aplicó la forma física y los gestos de mis diminutas líneas pintadas a la estructura física de la partitura, empezando con el recorrido de la caída de una hoja pintada. A menudo escucho música mientras dibujo o pinto y veo esa similitud de «forma», también. Líneas, masas y movimientos que convergen y se disipan.
The Tea Party (La fiesta del té)
2002 - 2003
Mi proyecto de pintura más grande es un mural realizado para la sección infantil de una biblioteca del barrio de Subiaco, en el centro de Perth. El edificio ha sido renovado y, como parte de esa renovación, me invitaron a pintar una de las paredes vacías con algún motivo atractivo… no podía ser nada pequeño teniendo en cuenta que el área total era de unos veinticuatro metros cuadrados, todo por encima de las estanterías.
La solución fue pintar ocho lienzos separados que pudieran unirse para formar una sola composición. Mi concepto era que esa larga área en forma de T representara un paisaje florido lleno de enigmáticas criaturas paseando, nadando, volando y remando, unas conversando y leyendo libros, otras respirando el aire de océanos de fuego y tormenta, muchas bebiendo el té que surgía de una torre de teteras. De ahí el título, «La fiesta del té», que es un guiño a Lewis Carroll, además de ser una versión alternativa o «extendida» de ese mundo extraño que puede entreverse en mi álbum ilustrado La cosa perdida.
Tardé tres meses en finalizar el proyecto, lo pinté con acrílicos y óleos además de aplicar la técnica del collage con algunos materiales impresos, telas, papel coloreado y pan de oro. El problema más grande fue intentar pintar algo tan grande en partes que sólo podía unir, dos partes cada vez, en el jardín de casa. Me apoyé mucho en esbozos detallados a color para asegurarme de la continuidad, y también pasé una semana más o menos trabajando encima de una enorme escalera una vez instalado el mural en la biblioteca, para unir todas las partes y formar una composición fluida.
Muchos de los detalles de la obra final no eran visibles desde el suelo y durante un tiempo hubo un par de prismáticos instalados en la biblioteca para todo aquél que quisiera verlo todo. (Hasta que el exceso de celo de algún niño pudo con ellos y se rompieron.)
Murales
2004
El primero de mis murales tuvo un gran éxito entre los visitantes de la biblioteca, por lo que me encargaron un segundo mural, más pequeño, para la parte «adulta» de la biblioteca. Pese a ser más pequeño, tenía dieciséis metros cuadrados. Para esta imagen quise hacer algo distinto, y recurrí a mi interés por la reinterpretación de fotografías antiguas para producir retratos y paisajes a gran escala.
Visité un museo local cercano que aloja una vasta colección de fotografías antiguas, la mayoría de ellas pertenecientes a álbumes familiares donados al museo. Estuve hojeando unas dos mil páginas de calles, casas y gente antes de encontrar una pequeña fotografía que parecía capturar el estado de ánimo que estaba buscando: una familia haciendo picnic, probablemente entre 1920 y 1930, cuando Subiaco no era más que un barrio relativamente subdesarrollado.
Lo que me atrajo de la foto fue un cierto sentido de la candidez que no solían tener el resto de fotografías de ese período, en el que los individuos expresaban algo de sí mismos en ausencia de una composición dirigida: un hombre con un perrito, otro tocando el acordeón, niños jugando a su aire, una mujer resguardándose los ojos de la intensa luz del sol. Todo era bastante desenfadado y sin pretensiones. Puede que fuera una familia de clase trabajadora durante una salida de domingo. Había en ella un fuerte sentido de comunidad muy temprano, en el que las personas probablemente dependían las unas de las otras en grupos cohesionados para afrontar la dureza de los tiempos, así como un cierto sentido del optimismo y de ligereza.
Más que limitarme a escalar y reproducir esa imagen, quise abstraerme de ella de algún modo, especialmente mediante el uso del color para evocar un cierto estado de ánimo meditabundo. Imaginé que cada personaje demostraba una reacción distinta ante el entorno, como si cada uno de ellos viviera en un universo personal diferente que se encontraban en una intersección. Algunos son verdes, otros rosas, otros blancos, y parece que se funden para aparecer y esconderse por el fondo como recuerdos fragmentados.
La Biblioteca de Subiaco (Evelyn H. Parker Library) está situada en la esquina de Bagot y Rokeby Rd en Subiaco, Perth.
El «Premio Shaun Tan de Arte para jóvenes artistas»
Éste es un certamen (odio las palabras «competición» o «concurso») anual que tiene lugar en Perth para niños y niñas en edad escolar y adolescentes, desde preescolar a los doce años, que empezó en 2003 y tuvo unos 900 participantes. Yo soy uno de los cuatro jueces que pasan un montón de tiempo debatiendo sobre las propuestas presentadas, otorgando modestos premios y seleccionando obras para una exposición en la Biblioteca de Subiaco, que es la que organiza y se encarga del certamen, y más concretamente, el cerebro de niña de una amiga, la emprendedora bibliotecaria Susan Marie (responsable también del encargo de los murales).
La misma biblioteca es la que también celebra el «Certamen Tim Winton para jóvenes escritores» que ya cuenta con diez ediciones. La idea principal que subyace a ambos certámenes no es tanto la de «ver quién es el mejor» sino la de dar la oportunidad a los más jóvenes de darle una salida a su trabajo creativo. Cuando yo estaba en la escuela, solía participar en muchos concursos y certámenes de arte con varios grados de éxito. Lo más valioso de todo aquello era la motivación con la que emprendía ciertos proyectos (y el hecho de terminarlos), y que otros vieran mi obra, lo que se supone que persigue el arte, de hecho.
La cosa perdida de Lo-Tel
(2003)
Esta fue una interesante colaboración que hice con la banda de rock de Sydney Lo-Tel. El cantante, Luke Hannigan, vio mi álbum ilustrado La cosa perdida en una librería y le gustó tanto la historia que me pidió si podía adaptar tanto el texto como las ilustraciones como acompañamiento para el álbum que estaban a punto de sacar.
Aunque los temas de las letras de Lo-Tel y mi libro eran superficialmente muy distintos, compartían un subtexto y un estilo narrativo que relacionaba los sentimientos de alienación individual de impotencia.
Pasé un tiempo intentando comprimir la historia de La cosa perdida para encontrar una forma que pudiera leerse en formato CD, con pocas páginas. El resultado es una interesante fusión de imágenes, texto y música que creo que invita a la reflexión y funciona tanto de forma aislada como relacionada dada la similitud de los temas subyacentes. Personalmente me gustó que mi obra se utilizara de un modo que se resista a la poco acertada clasificación de «literatura infantil», ya que me doy cuenta de que La cosa perdida es sobre todo una fábula sobre los problemas de los adultos y la tensión entre los sueños y la realidad.
Philbert y Oscar
2005
El Consejo del Libro Infantil de Australia y la Galería de Arte de Australia Occidental me encargaron que desarrollara un texto escrito e ilustraciones para una «campaña artística» infantil. La idea consistía en presentar a los más pequeños varios conceptos artísticos mediante personajes dibujados además de las obras de arte de la colección de la galería y haciendo comentarios para los espectadores.
Ése era el concepto con el que había estado jugando unos años antes, la utilización de personajes ilustrados para habar sobre arte, pero que abandoné por varios motivos. Trabajando con la State Gallery pude explotar mis viejas libretas de apuntes para un dúo de críticos de arte imaginarios: un anciano con alas y sombrero puntiagudo y su compañero felino, Philbert y Oscar respectivamente.
Philbert era el que llevaba la voz cantante, comentaba los colores, la composición, la abstracción, el realismo, el estilo y esas cosas, mientras que los bocadillos que contenían lo que Oscar pensaba aportaban las referencias adicionales necesarias, como por ejemplo definiciones de palabras y citas de artistas famosos. Quería ceñirme a una redacción simple y comprensible para los pequeños, pero a la vez quería que los visitantes adultos lo encontraran atractivo, y esta fórmula al parecer resultó efectiva para mis propósitos, especialmente en los casos en los que introduje toques de humor.

