+ shaun tan

 

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El árbol rojo

Marzo 2005

El árbol rojo es una historia sin una narrativa definida. Es una serie de mundos imaginarios distintos en forma de imágenes autónomas que invitan a los lectores a extraer su propio significado en ausencia de cualquier tipo de explicación escrita. Como concepto, el libro se inspira en el impulso de los niños y adultos para describir sentimientos mediante metáforas: monstruos, tormentas, la luz del sol, el arco iris, etcétera. Superando los clichés, intenté crear imágenes que exploraran las posibilidades expresivas de este tipo de imaginación compartida que pudiera resultar extraña y familiar a la vez. Una jovencita sin nombre aparece en todas las imágenes como un sustituto de nosotros mismos. Pasa, sin poder hacer nada, por malos momentos hasta que acaba por encontrar algo esperanzador al final de su viaje.

El árbol rojo ganó el premio Patricia Wrightson en los NSW Premier’s Book Awards, y recibió el premio «le Prix Octogones 2003» del Centre International d’Études en Litterature de Jeunesse después de ser traducido al francés. También ha sido publicado en chino, coreano, japonés y, por supuesto, en español. 

Comentarios sobre El árbol rojo

El árbol rojo empezó más que nada como una narración experimental: la idea era crear un libro sin historia. Siempre me ha gustado el fenomenal álbum ilustrado de Chris Van Allsburg The Mysteries of Harris Burdick (1984) que es un gran ejemplo de enigma de palabras e imágenes que exhibe fragmentos parciales de historias desconocidas y deja que el lector recorra a su imaginación. No es una narración secuencial a pesar de que los álbumes ilustrados son ideales para ello. En cambio, puedes abrirlo por cualquier página, leerlo al revés o en el orden habitual y contemplar durante el tiempo que haga falta cada ilustración.
También me he dado cuenta de que la ilustración es una buena manera de expresar tanto sentimientos como ideas, en parte porque es externa al lenguaje verbal del mismo modo que muchas emociones pueden ser difíciles de articular mediante palabras. Por consiguiente pensé que sería interesante hacer un álbum ilustrado sobre sentimientos, sin necesidad de una linea narrativa de contexto, que de algún modo fuera «directamente a la fuente».

El resultado después de mucho garabatear fue una serie de paisajes imaginarios que sólo quedaban conectados por un mínimo hilo de texto y por la silenciosa figura de una chica que siempre aparecía en el centro y con la que el lector está invitado a identificarse. Al principio se levanta y encuentra un montón de hojas oscuras que caen del techo de su dormitorio y amenazan con aplastarla silenciosamente, con abrumarla. La chica vaga por una calle, a la sombra de un pez gigantesco que flota por encima suyo. Se imagina a sí misma atrapada en una botella encallada en una playa solitaria, o perdida en un paisaje extraño. Se encuentra en un pequeño bote entre grandes barcos que están a punto de chocar y, a continuación, encima de un escenario frente a un público misterioso, sin saber qué hacer. Cuando parece haber perdido toda esperanza, la chica vuelve a su dormitorio y descubre un pequeño brote rojo en medio del suelo de la habitación, que pronto crece hasta convertirse en un árbol rojo lleno de vitalidad que llena su cuarto con una cálida luz. Cada una de las imágenes está abierta a varias interpretaciones en la ausencia de una descripción que las complemente. La mínima historia que pueda haber allí intenta recordarnos que, del mismo modo que los sentimientos negativos son inevitables, la esperanza siempre consigue mitigarlos.

Originalmente tenía previsto hacer ilustraciones que cubrieran un abanico de sentimientos: miedo, alegría, tristeza, asombro, etcétera. Pero cuanto más trabajaba en ello, más me centré en los sentimientos negativos, especialmente sentimientos de soledad y depresión, y más interesantes me parecían tanto desde un punto de vista personal como artístico. No es que yo sea una persona infeliz, es sólo que esas ideas parece que invitan más a la reflexión.
Algunos lectores me han preguntado por qué mis imágenes son a menudo «sombrías», y creo que la razón es ésa, porque me atraen más las cosas que no acaban de estar bien, como las injusticias sociales y medioambientales de Los conejos, la apatía social de La cosa perdida, o incluso las ideas autodestructivas de The Viewer. Creo que ese tipo de cosas son interesantes desde un punto de vista artístico, quizás porque no son temas resueltos, como un rompecabezas. Al mismo tiempo, me gustan las obras festivas, como lo es en última instancia El árbol rojo, pero en las que cualquier significado aparente siempre queda unido a la incerteza. El árbol rojo puede florecer, pero también morirá, por lo que nada es absoluto o definido. Es necesaria una reflexión concienzuda de la vida real como algo que está continuamente buscando una resolución.

El árbol rojo se ha traducido a muchos idiomas, incluido el chino, el japonés y el coreano, lo que indica que tiene un atractivo intercultural. Un tipo completamente distinto de «traducción» ha sido la adaptación de este libro como producción teatral infantil desarrollada para el festival Out of the Box de Brisbane, que se inauguró en el Queensland Performing Arts Centre en junio de 2004. Éste fue un proyecto fascinante y una oportunidad bienvenida de colaborar con artistas de disciplinas muy distintas, de ver cómo se las arreglaban para interpretar el libro y, a la vez, de ver cómo repondía el público a ello. Las ideas del libro original son muy amplias y en mi opinión apuntan más a un método de expresión, de «mundos emocionales», más que el hecho de tener un contenido muy concreto, por lo que no sólo induce a interpretaciones variables, sino que además casi las está pidiendo. Eso parece apropiado si tenemos en cuenta que la experiencia de cada uno con el «sufrimiento» y la «esperanza» es única y personal.