+ shaun tan

 

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Emigrantes

Abril 2007

 

Cartoné | 132 pág. | 23 x 31 | 24 €  COMPRAR
ISBN: 978-84-93481-16-2


Emigrantes es la historia de una emigración contada por medio de una serie de imágenes sin palabras que podrían parecer propias de un tiempo lejano y olvidado. Un hombre deja a su esposa y a su hijo en una ciudad miserable para intentar prosperar en un país desconocido al otro lado de un vasto océano. Al final se encuentra en una ciudad enloquecida, de costumbres extrañas, animales peculiares, curiosos objetos flotantes e idiomas indescifrables. Con tan sólo una maleta y un puñado de monedas, el inmigrante debe encontrar un lugar donde vivir, comida y algún empleo con el que ganar algo de dinero. Le ayudan en sus peripecias algunos extraños compasivos, cada uno de ellos con su propia historia personal muda: historias de luchas por sobrevivir en un mundo lleno de una violencia incomprensible, de agitación y de esperanza.

Comentarios sobre Emigrantes:

A continuación podéis leer un extracto de un artículo escrito para el Viewpoint Magazine, que describe algunas de las ideas y del proceso de trabajo que hay detrás de este libro.
Cuando reviso algunas de mis obras como ilustrador y escritor, como Los conejos (sobre la colonización), La cosa perdida (sobre una criatura perdida en una ciudad extraña) o El árbol rojo (una chica que vaga por una serie de paisajes oníricos), me doy cuenta de mi interés recurrente por la idea de la «pertenencia», especialmente por su encuentro y su pérdida. No estoy seguro de que esto tenga algo que ver con mi vida, me parece que es una cuestión más subconsciente que consciente. Una experiencia que contribuye a ello puede haber sido el hecho de haber crecido en Perth, una de las ciudades más aisladas del mundo, atrapada entre un extenso desierto y un océano más extenso todavía. Más concretamente, mis padres se establecieron en un barrio de reciente creación al norte de la ciudad que carecía de una identidad cultural o histórica clara. Una vaga conciencia del desplazamiento de los aborígenes (en el que más adelante me centraría con el proyecto de Los conejos tan sólo consiguió inquietar cualquier sentido de una posible conexión con una «tierra natal» en ese universo de bulldozers, dunas costeras arrasadas y propiedades delimitadas por muros.
El hecho de ser medio chino en una época y un lugar en el que eso era bastante inusual podría haber contribuido a ello, ya que continuamente me preguntaban de dónde era, a lo que yo respondía «de aquí», con lo que sólo conseguía prolongar el interrogatorio: «¿De dónde son tus padres?». Al menos con eso conseguía un llamar la atención de un modo mucho más positivo que con el racismo de bajo nivel que tuve que sufrir de pequeño y que mi padre, chino, aún tuvo que aguantar de vez en cuando tanto de forma abierta como subrepticia. A medida que crecía fui desarrollando un vago sentido de separación, una noción nada clara de identidad o de indiferencia hacia las raíces, además de ese tradicionalmente refutado concepto de lo que significa ser «australiano», o peor aún, «inaustraliano» (sea lo que sea lo que eso signifique).

Más allá de mis asuntos personales, no obstante, creo que el «problema» de la pertenencia puede que sea más una pregunta existencial básica con la que todo el mundo debe enfrentarse de vez en cuando, quien sabe si de forma regular. Aflora especialmente cuando las cosas «van mal» en nuestra vida cotidiana, cuando algo desafía nuestra cómoda realidad o nuestras expectativas, típicamente coincide con el momento en el que empieza una buena historia, es un buen combustible para la ficción. A menudo nos encontramos en realidades nuevas, una escuela nueva, un trabajo nuevo, una relación nueva o un país nuevo, y alguna de esas cosas sugiere algún tipo de reinvención del sentido de «pertenencia».
Todo esto lo tuve muy presente durante el largo período de tiempo que estuve trabajando en Emigrantes. Dada mi preocupación por los que se sienten «extraños en tierra extraña», ése era un tema que obviamente debía abordar, una historia sobre alguien que se marcha de casa para encontrar una nueva vida en un país desconocido, en el que incluso los detalles más básicos de la vida cotidiana resultan extraños, chocantes o confusos, por no mencionar el gran obstáculo que supone el idioma. Es un escenario sobre el que estuve pensando muchos años antes de que me decidiera a cristalizarlo en algun tipo de forma narrativa.
El libro no tuvo una sola fuente de inspiración, sino que más bien representa la convergencia de varias ideas. Por un lado había estado pensando en la historia, de algún modo invisible, de los chinos en Australia Occidental, especialmente en la zona del sur de Perth, que solía albergar grandes jardines hace cien años y ahora no es más que un parque con césped. Estuve investigando un poco para saber cómo era la gente que vivía allí y cómo se relacionaban con la comunidad anglo-australiana que los rodeaba. Me motivó especialmente un relato breve: Wong Chu and The Queen’s Letterbox [Wong Chi y el buzón de la reina] del escritor de Australia occidental T.A.G. Hungerford, que hurga en los recuerdos de infancia de un grupo extraño y segregado de hombres incomprendidos y considera su trágico aislamiento respecto a sus familias en China.

 

En cuanto a las fuentes más inmediatas, mi padre llegó a Australia desde Malasia en 1960 para estudiar arquitectura, donde conoció a mi madre, que por aquel entonces trabajaba en una tienda de estilógrafos (y de ahí mi existencia un tiempo después, quizás por eso tengo debilidad por los estilógrafos). Las historias que cuenta mi padre son muy banales y normalmente se centra en detalles específicos a modo de anécdota: la comida indigerible, el tiempo demasiado frío o demasiado cálido, divertidos malentendidos, un difícil aislamiento, trabajillos de lo más raros que hizo como estudiante y cosas por el estilo. Cuando estuve investigando otras historias de emigraciones, empezando por la Australia de posguerra para abarcar luego periodos de emigraciones masivas a los Estados Unidos a principios del siglo veinte, los detalles sobre el día a día fueron los que me parecieron más elocuentes y los que me sugirieron experiencias humanas más comunes y universales. Me recordaron que las migraciones son partes fundamentales de la historia de la humanidad, tanto en la antigüedad como en un pasado más reciente. Seguí recopilando anécdotas de amigos que habían nacido en otros países, y de mi pareja, que procede de Finlandia, y me fijé en las fotografías y documentos antiguos. Con todo ello me di cuenta de muchos problemas habituales que suelen tener que afrontar todos los emigrantes, sea cual sea su nacionalidad y su destino: deben lidiar con las dificultades del idioma, la añoranza, la pobreza y la pérdida de su status social y de sus calificaciones, por no hablar de la separación de las familias.
Cuando intenté volver a imaginar esas circunstancias (de las que no tengo experiencia de primera mano) mi idea original para un álbum ilustrado convencional se desarrollaba en un tipo de estructura bastante diferente. Me pareció que una secuencia visual más larga, más fragmentada y sin palabras capturaría mejor ese sentimiento de incerteza y de descubrimiento que absorbí durante mi investigación. También se me ocurrió la idea de inventar un «idioma» a partir de viejos archivos de imágenes y álbumes de fotos familiares que había visto, caracterizados por su claridad documental y ese enigmático silencio de tonos sepia. Pensé que los álbumes de fotos, de hecho, no dejan de ser otro tipo de álbum ilustrado que todo el mundo es capaz de crear y de leer, una serie de imágenes cronológicas que ilustran la historia de la vida de alguien. Funcionan porque inspiran recuerdos y nos animan a rellenar los huecos del silencio y a animarlos añadiendo nuestra propia narración de la historia.

 

En Emigrantes, la ausencia de descripciones escritas también contribuye a que el lector se ponga en la piel del personaje emigrante. No hay instrucciones acerca de cómo deben interpretarse las imágenes y debemos buscar por nuestros propios medios lo que nos es familiar en un mundo en el que tales cosas son escasas o están ocultas. Las palabras atraen de forma magnética y poderosa nuestra atención y nuestra manera de interpretar las imágenes que nos aguardan: en su ausencia, una imagen puede gozar a menudo de más espacio conceptual a su alrededor, como también puede invitar al lector a prestar atención con más detenimiento y a no pasar demasiado rápido a la siguiente imagen, con lo que la imaginación tiene un papel más destacado.
Me impresionó especialmente The Snowman, de Raymond Briggs. Lo vi por primera vez mientras pensaba en mi historia de migraciones. En silenciosos dibujos a lápiz, Briggs describe cómo un chico hace un muñeco de nieve que posteriormente cobra vida y se introduce en el mágico mundo de los interiores de las casas, con interruptores, agua corriente, aire acondicionado, ropa y todas esas cosas. El muñeco de nieve, a su vez, le presenta al chico el mundo nocturno de la nieve, el aire y la huida. Los paralelismos entre esta situación y el proyecto que yo estaba gestando eran considerables, por lo que no pude evitar leer cómo el muñeco de nieve y el chico, en tanto que «emigrantes temporales», descubrían los milagros cotidianos de los respectivos lugares de un modo modesto y encantador. Eso también me confirmó el poder de la narración silenciosa, no sólo porque se eliminaba la distracción de las palabras, sino porque además se ralentizaba el ritmo del lector para que pudiera mediar entre cada pequeño objeto y acción, tal como se refleja de muchas maneras distintas en el conjunto de la historia.
Por supuesto, eso tenía un precio, puesto que las palabras constituyen una maravillosa manera de comunicar ideas. En su ausencia, incluso la descripción de la más simple de las acciones, como por ejemplo alguien que está haciendo la maleta, comprando un billete, cocinando o pidiendo la palabra amenazaban con convertirse en un complicado y laborioso ejercicio de dibujo que, además, podía ser potencialmente poco fiable. Tenía que encontrar la manera de sobrellevar ese tipo de narración de forma práctica, clara y visualmente económica.

 

Casi sin darme cuenta, me encontré trabajando en una novela gráfica más que en un álbum ilustrado. No hay una gran diferencia entre las dos cosas, pero en una novela gráfica quizás se pone mucho más énfasis en la continuidad secuencial, en muchos aspectos se parece más al cine que a la ilustración editorial. Nunca he sido un gran lector de comics (llegué a la ilustración a través de la pintura) redirigí gran parte de mi investigación hacia el estudio de diferentes tipos de comics y novelas gráficas. ¿Qué formato debían tener las viñetas? ¿Cuántas debía poner en cada página? ¿Cuál es la mejor manera de cortar para pasar de un momento al siguiente? ¿Cómo se controla el ritmo de la narración, especialmente cuando no hay palabras de por medio? Una referencia que me resultó muy útil fue Understanding Comics de Scott McCloud, que describe con detalle muchos aspectos del «arte secuencial» de una manera que aúna la teoría y la práctica. No en vano, se trata de un libro de texto escrito como si fuera un comic, y muy hábilmente, además. También me di cuenta de que muchos comics japoneses (manga) utilizan grandes extensiones de narración sin palabras y explotan un sentido del paso del tiempo visual de un modo algo distinto al de los cómics occidentales; lo encontré muy instructivo. Paralelamente he estado trabajando como director de animación en colaboración con un estudio londinense en la adaptación de La cosa perdida como corto de animación (en el que la mayor parte de la narración transcurre en silencio) y he estudiado de cerca las técnicas utilizadas por los artistas del storyboard y los editores de ese sector. Todas esas piezas de la «investigación» dan forma al estilo y a la estructura del libro a lo largo de varias y extensas revisiones.
La posterior producción de las imágenes finales acabó siendo un proceso más parecido al cinematográfico que al de la ilustración convencional. Cuando me di cuenta de la importancia que tiene la coherencia de los multiples paneles, junto con el interés estilístico de las fotografías antiguas, construí físicamente algunos escenarios básicos con trozos de madera y cartón de embalajes de frigoríficos, muebles y objetos domésticos. Se convirtieron en maquetas simples para estructuras dibujadas en el libro, cualquier cosa desde elevados edificios a mesas preparadas para el desayuno. Con la iluminación adecuada y algunos amigos que se prestaron a posar en los papeles de los personajes que había esbozado, pude grabar videos y hacer composiciones fotográficas y secuencias de acciones que parecían aproximarse a cada escena. Tras seleccionar las imágenes fijas, jugué con ellas digitalmente, las distorsioné, añadí y suprimí cosas y dibujé sobre ellas, lo que me permitió comprobar varias secuencias para ver cómo se «leían». Pasaron a ser referencias de composición para dibujos acabados, para los que utilicé un método más pasado de moda: el lápiz de grafito sobre papel de dibujo. Para cada página de hasta doce imágenes, el proceso completo me ocupaba más o menos una semana… eso sin tener en cuenta las que llegué a descartar, que no fueron pocas.
Gran parte de la dificultad consistió en combinar imágenes realistas de referencia de gente y objetos con un mundo completamente imaginario, ya que ése fue desde el principio el concepto que me propuse seguir. Para comprender major en qué consiste viajar a un país nuevo, quise crear un lugar de ficción que resultara extraño para los lectores de cualquier edad o procedencia (incluyéndome a mí mismo). Ahí fue, por supuesto, donde mi tendencia por las «tierras extrañas» cobró vida, ya que tenía algunas nociones básicas de un lugar en el que los pájaros simplemente parecen pájaros, y los árboles, árboles; donde la gente se viste de un modo distinto, las reparaciones domésticas son confusas y las actividades callejeras, de lo más normales. Así es como imaginé que debían de ser las cosas para muchos inmigrantes, una condición examinada de forma normal a través de la ilustración, donde cada detalle puede dibujarse a mano.
Dicho eso, los mundos imaginarios jamás deberían ser «fantasía pura», y sin un cierto componente de realidad no sería extraño que el lector dejara de creer en ellos, o simplemente los confundiera demasiado. Siempre me ha interesado encontrar el equilibrio adecuado entre los objetos, animales y gente más cotidianos y sus alternativas más fantasiosas. En el caso de Emigrantes, recurrí a los recuerdos que guardaba de mis viajes al extranjero, ese sentimiento de tener nociones básicas pero poco precisas acerca de las cosas que me rodeaban, una conciencia de entornos saturados de mensajes ocultos: todos tan extraños como absolutamente convincentes. En ese país sin nombre que inventé, hay peculiares criaturas que surgen de botes y cacerolas, luces que recorren las calles flotando llenas de curiosidad, puertas y los armarios ocultan su contenido y por todas partes hay rótulos de señalización, invitación o advertencia en llamativos e indescifrables alfabetos. Todo ello equivale a momentos que he vivido en mis viajes, en los que actos simples de entendimiento suponen verdaderos retos.

 

Una de las fuentes principales para mis referencias visuales fue el Nueva York de principios del siglo veinte, un gran destino de emigraciones masivas para los europeos. Muchas de las imágenes que me inspiraron, pegadas con blu-tack en las paredes de mi estudio, retrataban la procesión de inmigrantes en Ellis Island. Eran notas visuales que sugerían conceptos subyacentes, estados de ánimo y atmósferas ocultas tras muchas de las escenas que aparecen en el libro. Otras imágenes que recogí representaban calles europeas, asiáticas y de oriente medio, vehículos pasados de moda, plantas y animales elegidos al azar, rótulos de comercios, carteles, interiores de apartamentos, gente trabajando, comiendo, hablando y jugando, todos ellos elegidos tanto por su aspecto corriente como por su posible rareza. Los elementos de mis dibujos evolucionaron gradualmente a partir de esos orígenes tan simples. Una escultura colosal en medio del puerto de una ciudad que era lo primero que veían los inmigrantes al llegar, como una panorámica de bienvenida, sugiere una cierta relación con la Estatua de la Libertad. Para una escena de inmigrantes viajando en una nube de globos blancos me inspiré en las imágenes de inmigrantes subiendo a los trenes, así como en la puesta nocturna de los pólipos de coral, dos ideas asociadas por un mismo tema subyacente: la dispersión y la regeneración.
Incluso los fenómenos más imaginativos del libro tienen una cierta carga simbólica, aunque no hagan referencia a cosas específicas y puedan ser difíciles de explicar. Una de las imágenes en la que había estado pensando durante años era la de una escena de edificios habitados degradados, sobre los que «nadan» una especie de serpientes enormes y negras. Me di cuenta de que podía tener varias lecturas: literalmente, era como una infestación de monstruos o, de una forma más figurativa, como una especie de amenaza opresiva. Incluso en ese caso es el lector el que debe decidir si se trata de un tema político, económico, personal o bien otra cosa, depende de las ideas o sentimientos que pueda llegar a inspirar la imagen.
Me interesan poco los significados simbólicos, en los que una cosa «representa» a otra, porque eso disuelve el poder de la reinterpretación de la ficción. Me atrae más ese tipo de eco intuitivo o de poesía que podemos disfrutar cuando observamos imágenes y «comprendemos» lo que vemos sin que podamos necesariamente articularlo. Un personaje clave de mi historia es una criatura que se asemeja de algún modo a un renacuajo andante, grande como un gato y que parece establecer una amistad inesperada con el protagonista principal. Yo tengo mi propia idea de lo que eso significa, una vez más tiene que ver con el hecho de aprender sobre la aceptación y la pertenencia, pero tendría muchos problemas para intentar expresarlo completamente con palabras. Parece como si tuviera mucho más sentido como una serie de dibujos a lápiz.

 

A menudo busco en cada imagen cosas que son lo bastante extrañas como para invitar a un alto grado de interpretación personal, y que aún así mantienen un cierto grado de realidad. La experiencia de muchos inmigrantes mantiene un paralelismo interesante respecto a la mirada creativa y crítica que intento mantener en tanto que artista. Existe un tipo de búsqueda similar de un significado, un sentido e identidad en un entorno que puede ser alternativamente transparente y opaco, sensible y confuso, pero siempre abierto a una segunda valoración. Me gustaría que, más allá del tema inmediato, cualquier narración ilustrada fuera capaz de animar a los lectores a tomarse su tiempo para ver más allá de lo «cotidiano» de sus circunstancias personales, para considerarlas desde una perspectiva ligeramente distinta. Uno de los grandes poderes de la narración es el hecho de que nos invite a vivir en la piel de otras personas durante un rato, pero quizás es aún más importante que nos invite a contemplar nuestra propia piel también. Haríamos bien si pensáramos en nosotros mismos como posibles extranjeros en nuestro país natal. Las conclusiones que sacaríamos de ello que no podrían resumirse fácilmente, razón de más para seguir pensando en las conexiones entre la gente y los lugares, y en lo que queremos decir cuando hablamos de «pertenecer» a algún sitio.