+ shaun tan

 

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La cosa perdida

Marzo 2005

 

Cartoné | 32 pág. | 21 x 30 | 18 €  COMPRAR
ISBN: 978-84-93481-19-3


La cosa perdida es una historia humorística sobre un chico que descubre una criatura de aspecto extraño mientras recoge tapones de botellas en la playa. Le parece que está perdida e intenta descubrir a quién pertenece, pero el problema es recibido con indiferencia por el resto de la gente, que apenas advierten su presencia. Nadie se muestra dispuesto a ayudar, cada uno a su manera: extraños, amigos, familiares… todos rehusan prestar atención a esa interrupción inesperada de sus respectivas rutinas. A pesar de la simpatía que le despierta, el chico lamenta la desventura de la criatura y hace lo posible por encontrar el lugar al que pertenece.

La cosa perdida recibió una mención honorífica en la Feria Internacional del Libro de Bolonia, Italia, fue nombrado libro de honor en los premios CBCA, ganó un premio Aurealis y un premio Spectrum de ilustración en Estados Unidos. Las ilustraciones originales del libro se expusieron en el Museo de Arte Itabashi de Tokyo.
Una productora de cine con sede en Londres, Passion Pictures, trabaja actualmente en la adaptación de La cosa perdida como corto de animación, mientras que la joven compañía teatral Jigsaw, con sede en Canberra, estrenó una adaptación multimedia de la historia en la National Gallery de Australia en octubre de 2004.

 

Comentarios sobre La cosa perdida

Lo que empezó como una divertida historia sin sentido pronto se convirtió en una fábula sobre todo tipo de preocupaciones sociales, con un final bastante ambiguo. Me interesó la idea de una criatura o persona que realmente no procediera de ninguna parte, ni que tuviera ningún tipo de relación con nada, que simplemente estuviera «perdida». Quería contar la historia desde el punto de vista de un personaje que representaría cómo podría yo responder personalmente a ello, por lo que el narrador anónimo soy esencialmente yo (aunque yo solía recoger conchas en la playa, en lugar de tapones de botella).

 

Tardé un par de semanas en escribir la historia en la mesa de mi cocina, el esbozo original era mucho más largo y detallado, y estaba ambientado en un barrio residencial muy parecido al sitio donde yo crecí. Más adelante eso cambió cuando empecé a desarrollar la idea de que sería una especie de barrio «retro-futurista» en el que casi no habria seres vivos aparte de la gente y todo sería muy aburrido y agobiante, aunque a nadie le importaría demasiado.
El texto está escrito como si se tratara de una anécdota cualquiera, contada por el chico y dirigida al lector presentándola como una especie de historia del tipo “lo que hice durante el verano”. Es significativo que la criatura en cuestión no se describa nunca físicamente, y que se diga poca cosa acerca del entorno en el que se desarrolla la historia: ahí es donde entran en juego las ilustraciones. Leído aisladamente, el texto sonaría como si tratara acerca de un perro perdido en un barrio o ciudad cualquiera, pero las imágenes revelan a un animal extraño con tentáculos en un mundo surrealista, sin árboles, con el cielo verde, demasiadas tuberías, cemento y maquinaria.

La relación entre palabras e imágenes es mínima, una gran dosis de humor de la historia surge a partir de ahí, ya que las imágenes desafían a lo que se espera de ellas, y todas esas absurdidades son recibidas con una especie de desinterés despreocupado por parte del narrador. Ese tono es coherente con el tema del libro, que tiene que ver con cuestiones de apatía, especialmente la supresión de la imaginación y la distracción lúdica por medio del pragmatismo y la burocracia, condiciones que afectan tanto a la sociedad como a los individuos.

Visualmente, el libro es bastante denso, como reflejo del entorno en el que tiene lugar la historia, con un cierto sentido de la congestión y de la compresión. No hay espacios vacíos en las páginas, todas las imágenes están enmarcadas por un collage de texto y diagramas recortados de viejos libros de texto de física y matemáticas. Fueron los libros que había utilizado mi padre cuando estudió ingeniería, que inspiraron gran parte de la estética del libro: le dan un cierto sentido a ese mundo árido e industrial que aparece en las imágenes, una especie de funcionalidad sin sentido tan inútil como divertida. Hay una cierta «poesía» accidental que a menudo tiene lugar cuando se utiliza la técnica del collage, cuando un capítulo encabezado por un manual de ingeniería puede dar paso a un comentario no intencionado sobre la vida. La colección de chapas, a partir de tapones de botellas de cerveza (que me proporcionó mi compañero de piso) parece resumir perfectamente el universo de un modo abstracto, perfecto para el diseño de las guardas del libro.

También me gustó la idea de que, al mantener la narración en primera persona, este libro sea de algún modo un producto de ese mundo. Los sellos y los rótulos que aparecen en la cubierta y las páginas de creditos, como por ejemplo el «Departamento Federal de Información», tienen coherencia con la sociedad de la que procede el narrador, junto con otros detalles accidentales a lo largo del libro que construyen de forma colectiva un sentido de la ubicación en ausencia de cualquier tipo de descripción explícita por parte de quien cuenta la historia.

 

Siempre supe que La cosa perdida en sí misma tendría que ser roja y grande, que tendría que destacar para que nos preguntáramos por qué nadie repara en ella (ésa es la cuestión clave de la historia, para la que no hay ninguna respuesta concreta). El diseño se basaba en un cangrejo, un pequeño crustáceo redondo con pinzas que cuelgan verticalemente, y combiné esta idea con la imagen de una vieja estufa con cuerpo de tetera, con una gran tapa superior a modo de boca. No quería que la criatura tuviera características antropomórficas, especialmente no quería que tuviese rostro, por lo que sus ojos se reducen a pequeños puntos que surgen de un agujero. Lo principal era que tuviera un aspecto extraño, imposible de reconocer, algo que no siempre resulta fácil.
La criatura existe para crear un contraste respecto al mundo en el que habita y es enigmática, gratuïta, desproporcionada y aparentemente no tiene ningún sentido. Representa todas esas cosas que la burocracia no puede comprender, por lo que no es digna de su atención. Al tratarse de una curiosidad, sólo es efectiva si la población siente esa curiosidad, pero no es así, porque la gente siempre está «demasiado ocupada» en cosas más importantes.

Quizás se sugiere que la criatura es un subproducto accidental de ese paisaje industrial, una especie de mutación inconsciente que aparece en la playa como si la hubiera llevado hasta allí la corriente. Hacia el final del libro nos damos cuenta de que, mientras que la cosa perdida puede que no sea única, sí que está sola. Las criaturas abiertamente extrañas aparecen de vez en cuando en la ciudad, pero su presencia sólo puede medirse en tanto que alguien repare en ellas (es decir, por lo general, nunca). Lo que debería ser una pregunta abierta para el lector es qué son exactamente esas cosas, dado que simbolizan una noción con un final bastante abierto de «las cosas que no pertenecen a aquel sitio».