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Memorial

No publicado por BFE

Memorial es una historia sobre un árbol plantado junto a un monumento conmemorativo de una guerra en una pequeña población rural por parte de los soldados que han vuelto a sus casas. Años más tarde, el árbol ya ha crecido muchísimo y de forma rebelde, hasta el punto que desplaza la estatua que tiene al lado y crea un peligro viario en la que ahora es una ciudad mucho más grande y llena de actividad. El ayuntamiento toma la decisión de talar el árbol.
Memorial ganó un premio como libro de honor en los premios CBCA del año 2000, un premio de diseño del APA para el mejor diseño de libro infantil y fue nominado para los premios del mejor libro de Queensland. Simply Read Books lo ha publicado en Canadá.

Comentarios sobre Memorial:

Gary Crew y yo colaboramos estrechamente en el desarrollo tanto del texto como de las ilustraciones, de manera que ambos discursos casaron de forma interesante, sencilla y que invitaba a la reflexión. Lo que nos atrajo tanto del tema del libro fue que no acababa siendo la guerra, los memoriales o el recuerdo en tanto que «grandes», sino que trataba de pequeños y silenciados recuerdos que formaban parte de vidas de lo más cotidianas. En realidad trataba sobre el recuerdo en sí mismo. Intenté capturar este concepto en las ilustraciones, que eran fragmentadas, a veces gastadas y descoloridas. Incorporé el collage a mis pinturas y dibujos para conseguir ese efecto con el uso de telas, hojas, madera, metal oxidado, fotografías y bichos muertos. Debido al montaje que supuso una unión de ese tipo, muchas de las imágenes no eran planas y por tanto no pudieron escanearse de forma normal, por lo que tuve que fotografiarlas primero.
La historia la crean distintos miembros de una familia que recuerdan cosas que les sucedieron cerca de ese arbol, pero en ningún momento quise mostrar a los narradores de forma explícita, no quise revelar quienes eran, ni siquiera quise mostrar las cosas de las que hablaban directamente (y con el texto de Gary, tampoco fue necesario, de todos modos). Como resultado, la mayoría de las ilustraciones tratan sobre la construcción de un estado de ánimo de forma metafórica: una cometa rota, unas cuantas tazas de té de colores, una semilla germinada, un escarabajo que se echa a volar y vuelve a aterrizar, etcétera. No llegamos a ver muchas cosas, incluidos los árboles que se talan, pero en cambio llegamos a sentirlo como si lo recogiera nuestra memoria silenciosa.
Dados los precedentes de otros álbumes ilustrados sobre la guerra (como el excelente War Game de Michael Foreman), el caso requería intentar hacer algo distinto. La mayoría de la gente que se ha criado en un barrio residencial periférico, como yo, tienen poca experiencia en el tema de la guerra, y las palabras y las pinturas realmente sólo pueden reivindicar el sentimiento de un público, pero no pueden inventarlo. Aunque las vidas de todo el mundo se han visto afectadas de un modo u otro por ese siglo lleno de conflictos que hemos dejado atrás, probablemente el peor de la historia de la humanidad (toquemos madera), su recuerdo y el sentimiento que permanece no se hereda tan fácilmente.
También hay la posibilidad de que esa memoria cultural se pierda en las abstracciones del nacionalismo y la ceremonia si el símbolo no es testigo directo de su contenido. Un minuto de silencio no está dotado, por sí mismo, de significado. El monumento de hormigón de Memorial, de un modo parecido, no habla por sí mismo como tampoco lo hace el «otro» monumento, el del árbol que crece, sino que tienen que asignárselo con la razón y el corazón la gente corriente. Quizás la clave de este álbum industrial es abrir un camino para que los lectores puedan pensar si los símbolos funcionan realmente en relación con la memoria colectiva, como un contenedor que necesita estar siempre cargado hasta los topes para ser efectivo.
Como ilustrador, hubo tres conceptos clave que dieron forma a las ilustraciones y al diseño de este libro. El primero fue el uso de varios materiales de forma fragmentada para emular la «textura» de la memoria. No recordamos las cosas como realmente las experimentamos, con la claridad contínua de una cinta de video, sino que vemos el pasado en nuestra mente como fragmentos y viñetas difusos, vulnerables a la distorsión y a la degradación de los sueños. Hay pequeñas cosas extrañas que pueden activar nuestros recuerdos de un modo bastante personal (el olfato es el ejemplo más evidente) pero también lo hacen detalles visuales que a simple vista podrían parecer banales: el color de una tela, un diseño de azulejos rotos, una flor prensada o una taza de té. El hecho que los diseños de las páginas no sean continuos, que cambien de un entorno y estado de ánimo al siguiente e impliquen que la atención se centre en esos objetos fue un intento de hacer que el libro pareciera un recuerdo más que una experiencia.
La segunda idea clave, y es una que reafirma mi visión general de la ilustración que ya he mencionado en alguna ocasión, era que las imágenes no «ilustrarían» claramente el texto. Hablé con Gary sobre ello desde el principio de forma tangencial. Le dije que las imágenes vagarían sin rumbo desde el tema primario sugerido por él (la discusión de un memorial de guerra), como suele ocurrir con las conversaciones, por lo que habrían atisbos de experiencia externos al texto que no quedan necesariamente claros. Además, me apetecía no ilustrar a ninguno de los narradores, con la única excepción del bisabuelo que presenta la historia, que se funde literalmente con esa especie de motivos que forman el resto de las imágenes, y del chico del final que tan sólo vemos de espaldas. Mayoritariamente sólo hay indicios indirectos de lo que se cuenta, donde la presencia del narrador está implícita más que «ilustrada».
De un modo parecido, las secuencias visual y escrita son discordantes, especialmente hacia el final, cuando tres generaciones hablan de la posibilidad de que el ayuntamiento pueda talar el árbol y yo ilustré el árbol ya talado. Eso podría sugerir que todas las conversaciones del texto son de hecho recuerdos del chico, que bien podría ser ya un adulto.
El tercer concepto consistía en eliminar completamente el texto de algunas páginas para comprobar la posibilidad de contar una «historia» sin narración, y también para hacer que el lector pare de leer para simplemente observar. Aunque me encanta el formato de álbum ilustrado, en muchas ocasiones creo que las palabras y las imágenes se distraen mutuamente; pueden ser tanto un objeto pasivo como una comodidad cuando se trata de crear significados. Me interesaba especialmente la idea del silencio para añadir más profundidad al libro, para que hubiera más reservas de sentimientos que no puedan expresarse con palabras, y que las historias sólo pasaran superficialmente por esos excedentes. El texto de Gary ofrecía muchas oportunidades para «intromisiones» visuales cuando los personajes evitan hablar sobre algo que les causa dolor o simplemente se quedan sin nada que decir.